En una lona con el plano de la manzana, las y los vecinos marcan con cinta de colores los puntos críticos: encharcamientos, muros agrietados, árboles caídos, luminarias apagadas. En treinta minutos, emerge un mapa consensuado que guía el orden de intervención. Cada color tiene un responsable y un horario. Las fotos antes y después se comparten en el pasillo y en el chat, validando que las prioridades realmente respondan a la vida diaria del barrio.
El microfondo mantiene un kit listo: guantes, palas, bolsas resistentes, cinta de peligro, linternas LED recargables, extensiones, martillos, brochas, pintura reflectante, bridas, un filtro de agua portátil y un pequeño botiquín. Se asigna un custodio rotativo y una bitácora de uso para reposición ágil. Con ese equipo, la plaza se vuelve transitable, el pasaje se ilumina y la cancha queda segura para actividades de contención emocional, mientras se gestionan obras mayores con otras instancias.